Por: Falcón.
-¡Schhhh,
schhhhh! Duerme hermanita, duerme, ¡ya no tardan en llegar! El frío hacía
cosquillear todo mi cuerpo en el pequeño trayecto de camino que distaba de la
cuna de Faty, mi hermana, hasta la camita individual en la que yo dormía con
Erik, mi otro hermano. Aunque el foco hacía siglos que lo habíamos apagado para
adelantar la noche, ella seguía con sus dos ojos tan abiertos que ahora parecía
que el cuarto lo alumbraba ya no una bombilla, sino dos de un tono ámbar que se
asomaban al borde de su cobijita púrpura. Los tres habíamos tomado el acuerdo
de acostarnos cuanto antes para esperar a los Santos Reyes Magos.
A los hombres siempre
nos ha gustado la historia de los Magos de Oriente. Los Magos eran
originariamente unos sacerdotes persas, pero eran también astrólogos y
poseedores de un conocimiento que estaba muy por encima de la media humana.
Ellos vieron una estrella. Los astrónomos dataron que ocurrió una conjunción de
los planetas Júpiter y Saturno en la constelación de Piscis aproximadamente en
el año 7 a.C. Como Júpiter era la estrella que simbolizaba la realeza y Saturno
a Palestina, los astrólogos Babilónicos pudieron deducir que en Israel iba a
nacer el hijo de un rey, -nos dice hermosamente Anselm Grün-. Por esto llegaron
a Jerusalén con esta pregunta: “¿Dónde está el rey de Israel que acaba de
nacer?” (Mt 2,2). En este pasaje Mateo nos muestra que los sabios del mundo
reconocen en Jesús al rey de los judíos y le adoran.
El camino de los Magos
simboliza también nuestra peregrinación. Al igual que ellos nosotros seguimos
la estrella de nuestra esperanza, que se cuelga del oriente de nuestra alma.
Ella nos lleva muchas veces por caminos pedregosos y polvorientos hasta llegar
a la meta, a la cueva de las afueras de Jerusalén, (Belén) donde está el Niño,
cueva, pesebre, ámbito donde los sentimos como en casa. Los Magos son
presentados en la leyenda como tres reyes: uno joven, otro anciano y uno negro.
Todas las facetas y momentos del ser humano aparecen a lo largo del camino,
hasta encontrar al niño en el pesebre y adorarlo. Cuando los Reyes están ante
el Niño, se encuentran en el “fin” de su peregrinar, cuando se arrodillan ante
el misterio llegan, ahora sí, a su verdadero hogar aunque se encuentren lejos
de casa.
Los Magos abren sus
cofres: tren oro, incienso y mirra al Niñito. El oro y el incienso son las
ofrendas que Isaías ya profetizaba en 60,6. Los Padres de la Iglesia
interpretaron las tres ofrendas de los Magos de forma simbólica: el oro pone de
manifiesto que el pequeño del pesebre es verdadero rey; el incienso es
referente a su divinidad; la mirra alude a su naturaleza mortal, a su calidad
de hombre, a su muerte en cruz. Los tres regalos son también imágenes de los
regalos de nosotros debemos ofrecer a Jesús: el oro a de representar nuestro
amor, el incienso nuestro anhelo, la mirra los dolores y heridas que hemos de
cargar.
-Hermanitos,
despierten, ¡ya llegaron! Por más que quise verlos no pude, pero de que existen
la prueba está en los regalos. Apúrense, hay que abrirlos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario