01 febrero 2012

NVL-1

Por Falcón.


Las “ireris” barrían el hermoso portal lateral de la parroquia de Tarecuato. Zapatos de piel o guarachitos de vestir con tacón de no más de 5 cm; sus largas y negras cabelleras, sueltas, que les daban hasta el inicio de la sabanilla, a las espaldas. Risas emergentes de las amarillentas, pero fuertes dentaduras, más de alguna con necesidad de ortodoncia, se oían por todo aquel oloroso portal. A naranjo, a pesar de las olorosas fragancias que ellas llevaban, a naranjo, a pesar del fuerte aroma del limpia pisos que copiosamente derramaban en los traperos para colear aquellas, brillantes baldosas de barro, a naranjo olía, más que a otra cosa.

Aquella tarde no era como las demás. Para empezar, no es habitual asear el portal, el atrio, la casa parroquial, el interior del templo, las oficinas y hasta las inmediaciones de aquel conjunto parroquial un viernes por la tarde. El día siguiente, sábado, sería un día especial. Desde esa tarde-noche arribaron las fuerzas militares, las GOE, la PF, la PE. Auxiliados, o podría decirse hasta en ocasiones ‘obstruidos’ por los peculiares policías municipales, en busca de puestos estratégicos para vigilar el pueblo, pidiendo permiso para acceder desde esa noche, a las azoteas del templo, de las casas aledañas y en el gran atrio parroquial, para estar prestos desde ese momento para el gran día que les esperaba.

Meses atrás llegó una curiosa carta a la oficina de relaciones exteriores, llevada de manos del mismísimo embajador de Dinamarca en México. En ella se leía la petición explícita de la familia real danesa de visitar ¡Tarecuato! Sí, ¡Tarecuato!, en el estado de Michoacán, debido a que en esa comunidad estaban los restos mortales de una rama de su árbol genealógico: Fray Jacobo Daciano. Un monje franciscano que siguiendo el ejemplo del fundador de dicha orden abandonó que había leído al pie de la letra a Mateo: “El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo, el que lo descubre va y vende todo lo que tiene y compra aquel campo”. Jacobo dejó de lado la vida de rey e ingresó a la orden franciscana. Los vientos gélidos del norte de Europa lo llevaron a Francia y España para llegar luego a estas tierras. Veracruz, Puebla, México, Valladolid, Pátzcuaro, y por fin en estas tierras serreñas de la Meseta Purépecha y tierra caliente, donde ejerció de manera callada su ministerio, para morir en aroma de santidad entre los indios de estas tierras. Su cuerpo dicen que está sepultado en algún rincón de estos portales internos de la parroquia de Tarecuato, donde esta tarde barren con mayor ahínco las “ireris”.

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FELICIDADES PRIMERA PRESIDENTA DE MÉXICO