Corría el miércoles 23 de febrero, faltaban unos minutos para las 4 de la tarde cuando un tráiler arribó al centro de la ciudad. Un gran remolque negro y blanco, tan grande que se dificultó su entrada al adoquín de la plaza. Llevaba una enorme carpa que escribía TEATRO ROCINANTE; una suerte de teatro ambulante armable que seguro encierra drama, arte e historias, y que va recorriendo el estado robando risas y reacciones de sus públicos.
Ya llegó el Rocinante. Sus neumáticos pisaron por segunda ocasión nuestras tierras, con un equipo de 14 personas. La tarde del miércoles, el jueves y parte del viernes el equipo de trabajo montó el gran teatro. Las primeras horas de instalación no daban pista de lo que se fraguaba dentro de la gran estructura. Fierros y más fierros, tablas, materiales que salían de la caja del camión, y tras muchas horas de arduo trabajo, el ensamble había concluido, el gran teatro Rocinante quedó instalado por completo, listo para su debut en el centro de Yurécuaro.
Una versión más pequeña del tráiler, llamada Rucio, se apresuró a las comunidades. Recién llegado el convoy, el remolque de menores dimensiones se dirigió a Monteleón donde presentaría la primera función del Rocinante en las comunidades yurecuarenses.
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